Muse – Palacio de los Deportes, Madrid – (20/10/12)

Que Matt Bellamy pasó de músico a mesías lo sabíamos todos ya desde hace tiempo. Como en la peregrinación a la Meca, miles de feligreses de un lejano planeta llamado Cydonia pasaban el día bajo un inesperado sol, que acompañó desde el medio día y que desafío a las predicciones de lluvia para el sábado 20 de octubre. Auguraba día perfecto para los 16.000 afortunados que volverían a asistir a la misa oficiada por Bellamy y los suyos. Las expectativas se cumplieron una vez más recordando porque Muse lleva el título de mejor banda de rock del siglo XXI.

Cuando la grandilocuencia forma parte del guión se corre el riesgo de no superarse y caer en la repetición. Después de las tres torres orwelianas y de la pirámide marciana, era complicado impresionar a las masas. Pero Muse lo ha hecho. Una vez más. Evidentemente, lo de no reparar en gastos ayuda, pero más lo hace la inagotable creatividad del trío de Teignmouth en lo que a puesta en escena se refiere. “The 2nd Law” aspiraba a mejorar a “The Resistance” en directo y lo hizo. El disco al completo estuvo presente, repartido en un total de veintiún temas, con la excepción de dos , a mi juicio, muy bien excluidos: “Big Freeze” y “Save Me”.

Comenzaba la liturgia “Unsustanaible”, inundando el Palacio de los Deportes en un rojo con olor a revolución. El recién incorporado dubstep frenético, con el trío de espaldas al público, dejaba sin aliento a la pista que montó el primer pogo con la esquizofrenia como común denominador. El principio fue devastador: “Unsustanaible”, “Supremacy”, “Hysteria” y “Supermassive Black Hole”. Sin anestesia. Cuatro temas, quedaba más de hora y media de concierto, y los allí presentes ya no podíamos más. Seguía “Resistance”, que el Palacio de los Deportes recordaba con cariño por protagonizar en la gira pasada el videoclip, y “Panic Station”. Ya auguré en su momento que este tema de “The 2nd Law” iba a ser un dancefloor. La profecía se cumplió: el pabellón madrileño se convirtió en una pista de baile;  tanto, que hasta el tropezón de Bellamy accediendo a la pasarela pasó casi desapercibido. Tocado por la gracia, este mesías del rock es capaz de caerse y seguir tocando sin despeinarse. Y llegó el momento que servidora temía por que le embargaría la emoción y correría el peligro de que las lágrimas traicionaran. Lo hicieron, como no podía ser de otra manera. El Palacio de los Deportes se había convertido en un Wall Street maldito al son de “Animals” y todos, con Muse a la cabeza, recordábamos al mundo que no estamos dispuestos a ser peones en su tablero de ajedrez. Porque hay algo que nunca podrán quitarnos: el poder disfrutar de esos pequeños grandes momentos.

La sorpresa de la noche estaba por llegar: “Falling Down” y nada menos que una b-side, “Host”. El tema de “Showbiz” desaparecido desde hacía eones retornaba como también lo hacía esta cara B para deleite de los museros doctorados. Así, los británicos consiguieron que la manida “Time Is Running Out”, para la que hizo de intro, fuera recibida de forma apoteósica. Y aún había más trucos en la manga, porque Chris Wonstelholme le echaba dos cojones y cambiaba la más sencilla “Save Me” por su “Liquid State” dejando el listón muy alto. Muchos corearon su nombre al acabar, sabedores del mal trago que supone para el recién estrenado compositor convertirse en frontman tras años en las sombras. No era para menos: fue de lo mejor del concierto.

Con “Liquid State” se cerraba el círculo y comenzaba el show del popeo llevado al extremo: “Madness”, “Follow Me” y “Undisclosed Desires”. Un buen descanso tras tres cuartos de hora de locura. Personalmente, lo agradecí y me dediqué a deleitarme con los visuals para coger un poco de aire, aunque, mirándolo fríamente, rezo a Mateo de Todos los Santos para que esto no empiece a comer terreno a lo que es verdaderamente Muse. Casi se te parte el corazón ver a Matt Bellamy sin la guitarra colgada a la espalda y solo con micrófono en mano convertido en un Chris Martin cualquiera con complejo de George Michael bailoteando por el escenario. Y más lo hace verle en el foso cogiendo las manos de los fans. En tres canciones el arrollador espectáculo casi se había convertido en parodia. Menos mal que duró sólo eso.

La fe la recuperamos rápido con la distorsión infinita de la Manson de Bellamy como preludio de ese tema que nunca morirá en un directo de Muse: “Plug in Baby”. Y mientras volvía la sonrisa a las inmaculadas realidades, volvía Muse al Palacio de los Deportes. Era momento para el origen de la simetría, porque “New Born” fue la siguiente y, aunque, Matt Bellamy sigue empeñado en castigarnos con no tocar la intro a piano, convirtió 16.000 almas en una sola voz y una sola mente renaciendo una vez más.

Lo que siguió a continuación fue una de las mejores experiencias que he tenido en toda mi vida en un concierto. Toda una sorpresa que la mikeoldfieldiana “Isolated System”, que me enamoró a primera escucha, formara parte del show. Y más que lo hiciera así. La pirámide invertida caía del techo con los últimos acordes de “New Born” para ingerir a Matt, Dom y Chris, y dar paso al tema que cierra el disco, mientras mostraba, en primicia para los profanos, el vídeo a lo 28 Días Después que se asocia al tema. Un paréntesis en esta ocasión perfecto para “Uprising” y “Knights Of Cydonia”. Si tengo que escoger una puesta en escena, y es complicado, me quedo con “Uprising” con Dom, cual Beatrix Kiddo, a baquetazos contra ejecutivos mientras Bellamy incitaba a las masas, es decir, nosotros, a dar un puñetazo encima de la mesa. Algo que precisamente llevamos haciendo desde hace tiempo aquí en este nuestro país. La épica de la perfecta “Knights Of Cydonia” no cerraba el show en esta ocasión: el encore vino compuesto por la perenne “Starlight” y el nuevo himno “Survival”. Un bis que se antoja algo flojo tras el arrollador espectáculo de los tres temas que finalizaron el directo antes de la falsa bajada del telón.

Cuando uno sale de un concierto de Muse se siente tan abrumado que da la sensación que ha viajado a una nueva dimensión. El rock como forma de vida y la experiencia visual como afrodisíaco. Los ojos brillan, la euforia invade el cuerpo. No hay Gran Hermano que valga. No hay Papa enviado por el Santísimo. Simplemente una religión en la que el individuo es por primera vez miembro activo y no pasivo: Muse. Volveremos encantados a misa el año que viene.

 

 

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