Pitchfork Music Festival París 2014 (30/10/14 – 01/11/14)

París tiene el honor de ser la única capital europea en la que la joya de la corona del emporio indie ha decidido prestar su marca para un festival. Pitchfork se dedica en cuerpo y alma para que el resultado final sea todo lo espectacular que cabría esperar de ellos.


El Pitchfork Music Festival de París

Comentemos en primer lugar todo aquello que escapa puramente de la parte musical. El Pitchfork Music Festival de París se realiza cada año desde hace cuatro en el Grande Halle del Parc de la Villette, un antiguo matadero del siglo XIX en las afueras de París reconvertido a centro cultural en la década de los 70. Como festival, tiene una organización muy sencilla, con dos escenarios perfectamente enfrentados en los que los conciertos se alternan: cuando termina uno, comienza otro en el otro escenario (fácil, fácil, como dirían en Bricomanía). Hay suficientes barras para pedir, tanto dentro del recinto de conciertos como fuera (en la zona de descanso y de comidas) y, por primera vez en mi vida festivalera, he encontrado suficientes baños y en un estado aceptable. Y no es que los franceses sean especialmente pulcros al realizar sus deposiciones orgánicas, sino que, simplemente, había muchos y se limpiaban cada poco. Recintos de merchandising aparte, todo era fácilmente reconocible, aún sin hablar francés. Además, el festival puede presumir de jugar en otra liga en lo que respecta a la ambientación. Nunca antes en mi vida me había dado cuenta de lo jodidamente buenos que eran los juegos de luces en un ciclo de conciertos. La oscuridad del interior del Grande Halle de la Villette jugaba a su favor, pero la forma en la que las utilizaron para integrar al público en las actuaciones fue magistral. Genial fue ver desaparecer a José González en momentos de su show, perfectamente ligados con su intención más introspectiva. Fueron igualmente magníficos los cambios de iluminación para marcar diferentes partes del show de Jungle o James Blake. Insisto, la escenografía fue impresionante. A nivel de organización, sólo comentaré una (grandísima) pega: el puñetero sistema de fichas. Aparte de lo coñazo que son en cualquier contexto, el tener que comprarlas en packs de 10€ invitó, directamente, a no consumir (cuando las bebidas costaban 5 o 7 euros). Punto a mejorar, pichiflores.


¿Por qué ir al Pitchfork Music Festival?

Ahora, vayamos a lo musical. ¿Por qué alguien debería gastarse los cuartos (muchos cuartos) en ir a París en pleno puente de Todos Los Santos a este festival? Pues, básicamente, porque hay pocos eventos en todo el viejo continente en los que se concentren en un solo espacio un chorreo tal de propuestas top como en el Pitchfork Music Festival. La inmensa mayoría de los festivales tienen, por desgracia (y por economía para el bolsillo del productor del evento), un punto de “dilución” en sus propuestas: entre las buenas se cuelan siempre un pequeño reducto de malas hierbas, en forma de bizarradas, grupos primerizos y dj sets. En el Pitchfork esto simplemente no ocurre, nos encontramos lo mejor de lo mejor de los últimos tiempos de la escena independiente, sin grupos de relleno y sin tener que sufrir dolorosos solapamientos. A pesar de esto, ojo, gustos hay de todos los colores (lo digo porque a un servidor no le gustó todo lo que vio, pero la calidad era más que palpable).


Jueves: electrónica e introspección

La jornada del jueves, por ser víspera de día laborable, fue la menos mayoritaria, pero no la menos potente. Ought fueron los encargados de dar el pistoletazo de salida al evento, presentando su EP debut y demostrando en vivo por qué cuentan con el honor de ser uno de los Best New Music de los anfitriones del festival. Tomó el elevo Tom Krell, su normcore rabioso y su mágico How To Dress Well. Casi íntegramente, presentó temas de “What’s This Love“, en los que su sensibilidad y su entrega calaron muy hondo en el público. Su voz fue la protagonista absoluta en “Face Again“, “A Power“, “Repeat Pleasure” o “Words I Don’t Remember“.

Notwist, Pitchfork Music Festival Paris 2014

Tomaron el testigo a continuación The Notwist. Desde el casi total desconocimiento de su música, creo firmemente que nos regalaron un show extraño, lleno de cambios de ritmo y de temática (intercalando alguno de sus temas de sus primeros discos, puramente pop rock, con la experimentación bizarra de los últimos). Entraron en loop, quemaron sintetizadores y guitarras a tope y consiguieron levantar al cada vez más abarrotado público (a pesar de las continuas pruebas de sonido, a todo trapo, de la banda del señor Adam Granduciel). Nos referimos a The War On Drugs, llamados a ser uno de los nombres a tener en cuenta para el futuro a partir de petarlo completamente en 2014. Presentaron el show con el que han girado ya por medio mundo, con ese aroma a rock clásico a lo Bruce Springsteen que tanto les caracteriza. Como cabría esperar, levantaron ovaciones con “Under The Pressure” o “Red Eyes“, dejándonos bien calentitos para el postrock mayúsculo de Mogwai. Los escoceses volvieron a ensordecer al público entre guitarrazos, flashes y savoir faire, presentando su “Rave Tapes (mientras un servidor se iba a fisgar por la zona de chorripuestos hipster, a cenusquear unas patatas fritas a precio de oro y a descansar… es lo malo de no disponer de pausas entre conciertos). No obstante, desde la distancia, convencieron tanto como lo que recuerdo en el Primavera Sound de este año.

Después de Mogwai, llegó uno de esos momentos que me descolocaron como espectador. ¿Una sesión en vivo de trance y hardcore industrial, a las 10 de la noche, después de un homenaje postrock como el de los escoceses? Efectivamente, era el turno de Jon Hopkins. El anteriormente productor de gente como Coldplay o colaborador de gente tan poco susceptible de caer en el makinote como Brian Eno vino a reventar tímpanos. Con unos visuales distópicos en bucle (con skaters, jovenzuelas narcotizadas meneando cabellera en discotecas y formas geométricas en plena entropía), el joven productor nos llevó durante una hora a una mezcla entre la experimentación berlinesa de los 90 y la época dorada de la sala Fabrik. ¿Demasiado raro? ¿Demasiado duro para ser las cochinas diez de la noche? Probablemente, pero la entrega del público disipó todas las dudas: el londinense venció y convenció.

Finalmente, en pleno éxtasis, llegó el turno del primer plato fuerte del festival: la vuelta a la Villette de James Blake. Personalmente, albergaba muchas expectativas con respecto a su show, deseando ver en qué se convertían sus hits interpretados en vivo. El londinense, probablemente arrastrado por la fuerza del show previo, se arrancó por la faceta más “dura” de su sonido, con más de la mitad de sus piezas cuasi-instrumentales, electrónicas hasta la médula, fuera de control. Sin embargo, yo que soy más fan de sus momentos de calma, disfruté como un enano de sus dulces “Limit To Your Love“, “Life Round Here” o su cierre con “Retrograde“, que cuadraban como pausas redondas entre tanta descarga. Tras el señor Blake, tocaba retirada y descanso para poder disfrutar de la jornada del día siguiente.


Viernes: contoneos, divas y buen rollo

Supongo que el sector guitarrero no me perdonará que me perdiese el inicio de la noche del viernes, el set de los Perfect Pussy, una de las revelaciones punkarreras de este 2014. A mi favor he de decir que hacía un día estupendo en París, que estaba en pleno paseo por las Quais del Sena y que, francamente, a mí tanto guitarrazo me deja un poco frío. A quien sí pude presenciar fue a los estadounidenses Son Lux. El proyecto de Ryan Lott es de esos que tienen ese “algo” que tantos querrían: sin tener nada demasiado conocido entre el público (probablemente la versión de su “Easy” con Lorde a las voces), nos levantaron del suelo como ni ellos mismos supongo que esperaban. Y todo a base de una electrónica oscura pero muy grande, con aspiraciones cuasi-sinfónicas. A continuación, tocaba a Samuel T. Herring demostrar que el escenario es su segunda casa. El líder de Future Islands volvió a desbordar carisma durante su show, en el que no faltó ni uno de sus imprescindibles (“Seasons“, “Spirit” o “Balance“), no paró ni un segundo de contonearse, hacer sentadillas o lanzamientos de piernas a lo majorette. Desde luego, uno de esos shows en los que el promotor debe estar encantado de soltar la pasta.

La danesa Karen Marie Ørsted, para los colegas, recogió la energía de los estadounidenses para menear la coleta como solo ella sabe. Destrozando el equipo de visuales en la primera pirueta del show, salió dispuesta a hacernos perder el control. Un encadenamiento de hits y temazos electropop tan de su factoría (“XXX88“, “Pilgrim” o “Waste Of Time“) fueron los responsables de no darnos ni un respiro, a pesar de que no interpretó ninguno de sus dos temas más conocidos, “I Don’t Wanna Dance” y su versión del “Say You’ll Be There” de las Spice Girls (te quedan pendientes para, qué sé yo, el PS2015). De Dinamarca nos fuimos a Glasgow de la mano de mis adorados CHVRCHES (incluyendo a Lauren Mayberry disfrazada de calavera de Halloween, aunque más bien acabase transformada en una especie de koala muy cuqui). Show electrónico, desbordante de energía, en el que los escoceses nos enseñaron por qué llevan un año en la cresta de la ola. No faltaron la apertura con “We Sink“, “Recover“, “Gun“, el momento epiléptico del teclista Martin Doherty en “Under The Time” o el cierre con “The Mother We Share“. Espléndidos, como siempre.

Chvrches, Pitchfork Music Festival Paris 2014

Si hay una artista que se deja hasta los higadillos sobre el escenario, esa es Annie Clarke. Su St. Vincent, con sus riffs, sus coros y sus excesos vocales llegó a la Villette para hacerse un hueco en nuestra memoria. Presentando temas de su disco homónimo, se desgañitó, bajó a cantar con el público, acabó tirada por los suelos y nos entregó a uno de los éxtasis generalizados más memorables del festival. Su fuerza escénica y su espectáculo me arrastraron hasta a mí a dejarme llevar por su energía (cuando no soy especialmente fan de su música). Finalmente, como broche final de la noche, el grupo de maduritos más buenrolleros del pop alternativo nos quiso mandar para casa con una sonrisa de oreja a oreja. Belle and Sebastian, con un acompañamiento musical para quitar el hipo (dos guitarras, dos teclados, cuatro violines, teclado y los coros de turno junto al comandante Murdoch) nos llevaron a la buena energía de los prados escoceses como solo ellos saben. Alternando temas menos conocidos con otros momentazos (como “The Boy With The Arab Strap” con cinco frikazos del público, “disfrazados” de Halloween bailando sobre el escenario, entre otros), se reivindicaron como lo que son: los putos jefes del pop folk.


Sábado: energía oscura

La última jornada también comenzó tarde para un servidor (la culpa esta vez fue de un momento de evasión entre crêpes de Nutella y del solete que pegaba en los Jardines de Luxemburgo). Tendremos que esperar a otra ocasión para contaros que nos parecen dos de las nuevas voces del pop alternativo, Jessy Lanza y Charlotte OC. A quien sí vimos fue a Kwamie Liv, otra nueva voz danesa, también con ese aroma electropop tan de moda, que debutó en esto de los grandes festivales en este Pitchfork Music Festival. Se la vio algo nerviosa por momentos, aunque a lo mejor tampoco ayudó que ella fuese la sustitución in extremis tras la cancelación del show de Ben Khan. En la línea introspectiva de la señorita Liv llegaron los británicos Movement, brindando uno de los momentos más mágicos del festival. Presentando los temas de su EP debut (al que esperamos que siga pronto un LP, por favor), llenaron con su feeling todo el Grande Halle. En un sonido a caballo entre la atmósfera electrónica densa de SOHN y las birguerías soul de Kwabs o MNEK, convencieron y nos arrastraron a su oscura sexualidad únicamente con unos teclados, un bajo y el vozarrón de Lewis Wade. Nueva banda de la que estar muy pendiente (se nos acumula el trabajo, señores).

Como contrapunto a la sexy serenidad de Movement, vino Sam France y sus Foxygen para volverse volvernos locos. A la vista de un nuevo álbum en los próximos meses, se dejaron caer por París para recordar temas de sus dos anteriores. Como era de esperar, entre el striptease del frontman (que ocurrió casi en el primer minuto del concierto), la energía derrochada por sus coristas, los guitarrazos y la psicodelia generalizada, todo el mundo acabó en pie y más que entregado. Tanta energía dejó al público a punto de caramelo para ver el show de la mujer orquesta que es Merrill Garbus y sus tune-yards. Embutida en un traje de charol rojo del hiperespacio y armada únicamente con su chorrazo de voz y sus mil habilidades musicales (percusión completa, ukelele, cajas de efectos), fue el tsunami musical de la noche del sábado. Construyendo desde cero los ritmos de sus temas, nos llevó desde “Gangsta” o “Powa” a “Bizness” o “Water Fountain” en una explosión de coros polifónicos y percusión digna de recordar. Sin duda alguna, por muchas de estas razones estábamos tan deseosos de volverla a escuchar en este 2014 con su “Nikki Nack“.

José González, Pitchfork Music Festival Paris 2014

Si por algo se ha caracterizado este Pitchfork Music Festival ha sido por los bruscos contrastes entre actuaciones: de Mogwai a Jon Hopkins, de Son Lux a Future Islands y, ahora, de la energía de tune-yards a la serenidad de José González. El sueco-argentino nos deleitó con su repertorio clásico (ahora más de actualidad que nunca, desde que hace unos días anunciase que verá su continuación en unos meses, tras un parón creativo de siete años), fundiéndose con el público con sus “Crosses“, “Killing For Love” o su versión del “Heartbeats” de The Knife. Tanto en acústico en la primera parte del concierto como acompañado de una pequeña percusión y un teclado, González elaboró un plácido éxtasis colectivo de hora y cuarto que no podía acabar de otra forma que no fuera su otra soberbia versión, la del “Teardrop” de Massive Attack.
Cambiando nuevamente de tercio, llegaba el turno de una de las revelaciones de 2014, los anteriormente misteriosos productores Jungle. Como una explosión de energía bruta, ofrecieron uno de los sets más arrolladores del festival, encadenando temazo tras temazo de su debut homónimo. Abriendo con “Platoon“, siguiendo con la tropical “Crumbler” y, como no podía ser de otra forma, cerrando con “Time” y “Busy Earnin“, levantaron de forma unánime al numeroso público de la Villette, que celebró especialmente el set de los británicos. Nos quedamos con ganas de más (de ahí la sonora ovación que se llevaron al acabar el concierto, que fue una de las pocas que se vio durante los tres días del festival), pero qué le vamos a hacer, estos chicos sólo tienen un disco y cincuenta minutos para presentarlo.
Como colofón a la crónica (que no a la noche), los Caribou vinieron a París a presentar su ya confirmada conversión a la electrónica. La actuación fue una de las primeras presentaciones de su “Our Love” en la vieja Europa. Personalmente, encontré el set aburridísimo, con bucles infinitos de cuatro cochinas notas musicales y Dan Snaith cantándose cuatro palabras en cada canción (la perversión indie de los manidísimos subidones que cualquier tema house lleva utilizando treinta años) y con un bajista totalmente fuera de lugar en el show. Será que considero sobrevaloradísimos a los canadienses y que no soy capaz de ser objetivo, pero celebré el momento de batirme en retirada (y mira que nadie puede decir que no me guste la electrónica, pero ésta… pues como que no). No obstante, el público, como en la sesión de Jon Hopkins, estaba en todo lo alto, lluvia multicolor de globos incluida. Supongo que en los siguientes sets de Four Tet, Jamie xx y Kaytranada, con sus correspondientes malabarismos deep electrónicos, el público parisino se las gozó con ganas. Lástima que un servidor tuviese que volar pronto para casa al día siguiente.

En resumen, la cuarta edición del Pitchfork Music Festival parisino no defraudó, con un caleidoscopio de propuestas de todos los tonos, sabores y colores. Por mucho que a veces pequen de snobs y de estirados, donde Pitchfork pone el ojo, Pitchfork pone la bala.

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