Mono – For My Parents

En la buhardilla, entre todos los trastos viejos, descubres un cuaderno con las tapas medio rotas. Soplas para quitarle la capa de polvo que descansa sobre él y al abrir la primera página, encuentras una foto de tus padres, paseando bajo el sol de invierno en un bosque de blanquecinos colores. Ahora empiezan a aflorar tus recuerdos, te imaginas paseando de su mano, compartiendo las primeras confidencias de lo que años después, iba a convertirse en tu familia.

Aquí empieza esa leyenda, acompasada con el arpegio de unas guitarras que transcurren hasta la explosión de vida que supone el nacimiento de un hijo. Algo inolvidable, retratado con cariño en una instantánea repetida varias veces, por miedo a perder ese mágico momento. Creces, como crece la canción, en intensidad, en belleza, con el acompañamiento imprescindible de una orquesta que hace que escuchar la melodía se convierta en un acto cargado de esperanza, una banda sonora para el nuevo día, saludando al milagro de la vida. La calma, los primeros pasos, el abrazo de tu madre cuando te caes, atolondrado, al suelo.  Vuelven las pulsaciones de guitarra, evocando las primeras carreras y a partir de ahí, un crescendo, una tormenta de agradable tronar que crece y crece conforme tu estatura va alcanzando un tamaño mayor con el paso de los años y finalmente, cierras el libro, observándote en el espejo y te descubres, maduro, con una lágrima rodando por tu mejilla.

No esperabas ver tantas cosas que ahora echas de menos y te invade la nostalgia. Aún puedes recordar el roce de sus manos cuando te abrazaba después de haberte hecho alguna herida jugando con los niños y te sentías en tu paraíso particular. Ella no era tu madre, pero te quería como si lo fuera. No dudarías en cambiar un segundo de tu vida por volver a sentirte protegido entre sus brazos y que te dijera que nada pasa, que tu abuela estaba allí y todo iba bien. La canción sube, las guitarras lloran y el corazón se te parte en mil pedazos, que como bien supones, ella recogería uno a uno. La melodía se torna casi en una canción de cuna, para serenar la respiración y los sollozos, con unas ligeras pulsaciones a las cuerdas de la guitarra, ejerciendo de bálsamo de forma efectiva. Intentas que las lágrimas no vuelvan a aflorar cuando ves esa foto en la que, sonriente, jugabas con el bastón de tu abuelo mientras él miraba con gesto amable. Es entonces cuando te das cuenta, ellos también han sido tus padres y no piensas en reprimir las lágrimas, sólo lloras de alegría por haber entendido que echar de menos no significa no tener algo, sino saber apreciar que lo tuviste y en cierto modo, vas a llevarlo siempre contigo.

Sigues curioseando a tu alrededor cuando descubres tus juguetes, en un estado entre abandonados y demacrados. Con cuidado los sacas de la caja, recordando cuando soñabas con ser un bombero, un piloto de carreras, futbolista, paleontólogo e incluso astronauta. Los manejas con sumo cuidado, casi ceremonialmente. De forma pausada, las imágenes se vuelven a agolpar en tu mente, pasando como cuadros de una infancia que ya no va a volver. Los golpes de batería caen marcialmente como las hojas de los calendarios pasados, revelando los sueños que nunca se han podido materializar y desentramando la realidad, hasta hacerte lo que hoy eres.

Tras esa bofetada de realidad, necesitas un poco de evasión. El espigón sobre la bahía parece ser un buen sitio donde pasear y reflexionar, con la mirada perdida en el horizonte hasta que la combinación del furioso rasgar de las guitarras y el rugido de las olas golpeando el malecón te despierta y te devuelven a tu lugar. Porque el épico acompañamiento a estas palabras no hace sino reafirmar que si ahora eres así es porque te han querido desde antes de ver la luz del sol por primera vez y en un resquicio de locura, entre tanta madurez, saltas al agua y te vuelves a sentir libre, único y a la vez parte de un todo. Tu corazón regresa a su bombeo calmado y llenas tus pulmones bajo la luz de la luna, pensando que el momento de concluir esta historia ha llegado y tienes que poner fin a algo que, tristemente, debes aceptar.

No hay lugar más tranquilo que el cementerio, piensas cuando ya se te eriza el vello al entrar en la calle a la cual están destinados tus pasos. Te colocas los auriculares y pulsas el botón de reproducir en la canción seleccionada. Los primeros golpes sobre un glockenspiel, dulces, te sacan una sonrisa al tiempo que respiras profundamente y el tañido de las campanas de fondo son el acompañamiento perfecto al momento de despedida. Las guitarras dejan paso a los violines que son los encargados de aseverar que ya no hay vuelta atrás y que en ese lugar, juntos, pero separados por un muro de cemento, siempre habrá esperanza cuando los recuerdos empiecen a borrarse, cuando la angustia te haga pensar que los días sólo son nublados y que el final está cerca. No es cierto, la esperanza vuelve a sonar de mano de esos mismos violines, rematados con unos platos y la sensibilidad de cuatro maestros japoneses que tocan con más fuerza cada vez y es imposible no saber que podemos elegir a Mono para que sean la banda sonora de un nuevo amanecer.

Quiero dedicar estas palabras a mis padres, porque sin ellos, no sabría apreciar la música. Y a mis abuelos, por haber hecho de mí parte de la persona que soy hoy día.

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