Mumford & Sons – Babel

Mumford & Sons - Babel

Cuenta la leyenda que unos hombres desafiaron a Dios construyendo una torre que llegara al mismo cielo. El Todo Poderoso castigó su osadía condenándoles a no entenderse. Hoy, mientras yo escribo estas líneas,  el ser humano vuelve a unirse contra una fuerza mayor, aunque en esta ocasión se trate de un Gobierno que empeñado en robarnos la esperanza. Paradójicamente, es la esperanza lo que mueve a las miles de personas que hoy se han reunido en esta moderna Babilonia para intentar cambiar el mundo. Unidos de nuevo para construir la más gigantesca de las ambiciones: la Torre de Babel.

Podría comenzar la review del segundo disco de Mumford & Sons comentando su triunfo en los Grammy de 2011 con un solo álbum en su haber. Podría comenzar diciendo que Mr Tambourine Man se deshace en elogios ante estos cuatro británicos que comenzaron a tocar en el oeste de Londres. O podría decir que, a día de hoy, no sólo son una de las bandas de folk-rock de referencia, sino que, además, han conseguido lo que muchos británicos ansían y pocos realmente consiguen: conquistar la tierra del Tío Sam. Pero, en realidad, todo esto carece de importancia cuando “Babel” comienza a sonar y la voz desgarradora de Marcus Mumford te parte el corazón. No se si será el adiós definitivo del verano o la mandolina de “esos fantasmas que ya conocemos”, pero tras finalizar “Babel”, me han sorprendido unas lágrimas acariciando mis mejillas y un extraño vacío lleno de esperanza inundándome de pies a cabeza. Como un globo a punto de explotar. Y me he encontrado a mí misma desesperada, y sin éxito, buscando el regalo de una fecha de su gira en este país que se desmorona como lo hizo la Torre de Babel.

Dicen que Mumford & Sons son animales de directo. Ellos disfrutan sobre el escenario y no en la fría cárcel del estudio: allí pueden dar rienda suelta a toda su creatividad amparados por el aliento del público. Mientras, yo me pregunto que pueden hacer en directo con esta “trotamundos sin esperanza” si, estando encerrada entre estas cuatro paredes, han conseguido arrancarme de lo más hondo eso que ni sabía que existía. Puede que consiga encontrar los planos de mi libertad y me construya un camino de baldosas amarillas. O puede que me arrastre sobre mi barriga bajo el sol del crepúsculo y me niegue a llevar vuestra “corona rota”. Sí, puede que mande todo a la mierda y, por fin, en el ocaso, mis elecciones sellen definitivamente mi destino. Sueños de grandeza. Como los que motivaron a Marcus Mumford, Ben Lovett, Wiston Marshall y Ted Dwane para dibujar esta historia llena de melancolía y rayos de esperanza. Dicen que fue el ambiente creativo de Nashville, en Tenessee, el culpable del nacimiento de “Babel”. Queda entre mis pendientes visitar ese pozo de las maravillas. Quizá se me pegue algo.

La mente de uno puede viajar lejos, sólo necesita encontrar una llave. Pero hay pocas y son complicadas de buscar, aún más de hallar. Lo normal es encontrarse andando en círculos o empotrarse contra un muro que se ríe de tu osadía, como se burló Dios de los rebeldes babilónicos. Shakespeare la encontró, aunque un británico obsesionado con la dualidad de mundos asegura que hizo un pacto con el dios del Sueño para ser bendecido por la gracia. A cambio, dos obras deberían ser para él: una narraría la calidez de “un sueño en una noche de verano”, otra sería una “tempestad” que se la llevaría. Quizá Morfeo también visitó en sueños, o puede que en un taberna de Carnaby Street,  a Marcus Mumford y le entrego tan preciada llave. El trato en esta ocasión sería diferente: su música conseguiría hacer soñar despiertos a aquellos que han estado viajando durante demasiado tiempo y no entienden de cinismos. A aquellos que intentan vivir en la verdad y se niegan a aceptar que todo va bien. Porque, para eso, mejor soñar.

Pero yo sólo soy una pobre chica y no tengo yo tan claro que mi historia merezca ser contada y aún menos escuchada. Por mucho que lo diga Paul Simon y lo repitan Mumford & Sons. Simplemente os diré que busquéis “Babel”, lo metáis en esa pletina redonda y deis al play ya sea en compañía de extraños, en la soledad de vuestro cuarto, abrazados a las chica que os robó un beso o dando la espalda a la puesta sol. Quizá Morfeo os entregue la llave y vosotros también podáis volar.

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