Paul Weller – Sonik Kicks

Hace treinta años, Paul Weller era número uno. “A town called Malice” de The Jam copaba el primer puesto de las listas durante tres semanas seguidas. Si viéramos ahora el vídeo de aquella canción comprobaríamos como el joven que aparece en el centro del grupo apenas ha cambiado en muchos aspectos. Su forma de cantar sigue siendo la misma, su corte de pelo… Pero sin embargo, canta una frase en la primera estrofa que podría haberse convertido en su leitmotiv particular: “Deja de disculparte por las cosas que nunca has hecho, porque hay poco tiempo y la vida es cruel, y depende de nosotros cambiarlo”. Parece que esos cambios son los que se ha decidido hacer en su último disco, Sonik Kicks.

Paul Weller nunca ha sido un hombre al que le guste volver la mirada atrás hacia su carrera. El tiempo tampoco se ha comportado como un enemigo con él, pero parece ser que más que ir provocando que cayera en el olvido poco a poco, le ha inspirado para buscar nuevos sonidos, más acordes con las corrientes musicales actuales, por así decirlo. Es por ello que Sonik Kicks está plagado de una vitalidad implícita que proviene del propio Weller. Sin embargo, después del clamoroso éxito de sus dos últimos discos (22 Dreams en 2008 y Wake up the nation en 2010) parece ser que se ha convertido en una necesidad el exaltar el retorno de Paul Weller en cada disco que publica y se considera como algo excepcional. Y aunque su música ahora suene discordante y sin fondo, hay una cierta tendencia a decir que es pop psicodélico, creado con un caleidoscopio y de ahí sus múltiples sonidos (y ruidos en algunos momentos).

Algo que está provocado por ese hombre que siempre está intentando filtrar el pasado, pero a su propio modo. Lo único bueno que queda de Paul Weller en este Sonik Kicks es la capacidad innata de hacer canciones “con la gorra”. Porque se nota que son canciones que han salido a la primera, sin pensar ni esforzarse, sino que ha importado más el producto final que la calidad del mismo. El disco estalla desde la primera canción, “Green”, con un sintetizador que recuerda a los ritmos de Neu! Acto seguido, caemos en una espiral de ecos de voz, letras confusas sobre guías secretas y tiempos tranquilos y efectos que pasan de un oído a otro a través de nuestros cascos. Es difícil no venirse arriba con esta canción. En la misma línea están “Dragonfly” y “Around the lake”, tal vez más acentuadas en los golpes de batería y esos efectos de sonido que tanto tiempo ocupan en este nuevo disco.

Y de ahí, podemos pasar a analizar la parte más extraña del disco. “Sleep of the serene” es como una rareza de una película de serie b de los años 60, llena de balbuceos electrónicos y cuerdas que se enrarecen progresivamente. “Twilight” son 20 segundos de estrépito metálico mezclado con más sintetizadores, justo antes de recibir a “Drifters” con una línea de bajo más oscura, guitarras pesadas y que podría suponer la vuelta de Weller a lo que fue. Puede ser pop, pero quizás no como creíamos conocerlo con anterioridad, Paul. Más que a nadie, estos estilismos de “ciencia ficción” nos hacen pensar o recordar a David Bowie (del cual la nueva mujer de Paul Weller es una grandísima fan) pero también encontramos un poco, pero muy poco, de esa esencia que ha hecho que Paul Weller se haya convertido en el Modfather. “That dangerous age” es particularmente brillante, divertida, una canción sobre un hombre de mediana edad y su cotidianeidad. “Kling I Klang” es ligeramente menos buena, pero es igualmente mordaz en cuanto al tema que trata en sus letras mientras que “When your garden’s overgrown” podría estar en cualquier disco de los que publicó Weller en los años 90. Su estribillo está cargado de fuerza, así que podemos decir que algo de gusto le queda al bueno de Weller para escribir canciones.

Sin embargo, los momentos más conmovedores son las dos grandes baladas: la sensacionalmente épica “By the waters” y el comercial final feliz, “Be happy children”. Esta canción cuenta con la colaboración de dos de los hijos de Paul Weller en la canción. Es un broche final que hace que olvides todo lo que has escuchado anteriormente.

Desde luego, Paul Weller se ha querido dejar todo en este nuevo disco, y vaya si lo ha conseguido. Ha innovado tanto que, para los que esperábamos un poquito de magia de manos del Modfather que pudiera mejorar sus dos últimos esfuerzos, nos hemos encontrado con que lo único que ha conseguido ha sido que nos cortemos las patillas, desilusionados y abandonados en el camino del krautrock y recordemos el estrépito de las calles de aquella ciudad que parece no recordar Paul Weller.

 

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