Oda a Random Access Memories

[dropcap]U[/dropcap]na semana tras el lanzamiento de Random Access Memories, el 4º álbum de estudio de Daft Punk, nos dejamos llevar única y exclusivamente por la música y soñamos una historia que se sitúa en el espacio. Nos trasladamos gracias a la imaginación a determinados recuerdos aleatorios de la vida de una persona en este homenaje a un disco de gran importancia para la industria.

Recordar entre estrellas.

La vista era magnífica. El contraste del azul resplandeciente, al estilo de los cielos en invierno, y de la oscuridad imperecedera era impactante. Si las historias que se cuentan son ciertas y antes de morir ves pasar una colección de imágenes que resumen tu vida, indudablemente esta instantánea formará parte de esa película que estaba tan cerca de visualizar. La Tierra se encontraba, literalmente, levitando entre la nada y la nada. Conocía todas las leyes físicas que explicaban dicho fenómeno, pero ser testigo directo de este prodigio era como presenciar el mejor truco de magia existente.

Se trataba de una misión arriesgada y compleja pero era una situación de vida o muerte, nunca mejor dicho… y ahora no hay vuelta atrás. Me encuentro flotando hacia un paradero incierto. ¿Aterrizará este cuerpo inerte en algún planeta situado a millones de años luz o mi destino será rebasar los confines del Universo? Seré el ser humano que llegue más lejos en este viaje por las estrellas aunque no podré comprobarlo con mis propios ojos.

Recuerdo estar tendido sobra una verde pradera envuelta por las tinieblas, adorando las únicas luces que se podían advertir, aquellas que provenían de soles situados a eras de distancia. Mi inquieta mente soñaba con lo que habría más allá… curiosa coincidencia ya que ahora me encuentro más cerca que nunca de responder a dicho enigma. Mi curiosidad estaba inundada de infinidad de preguntas y mi inocencia fantaseaba con encontrar las respuestas dentro de esos destellos situados en el cielo. “Venid a mí o yo os alcanzaré” me decía a mí mismo. No imaginaba que fuese a ser tan valiente…

Recuerdo deliciosas victorias y derrotas en el juego del amor, colosal elemento inyectado en nuestra naturaleza. Un sentimiento del cual no existe escapatoria posible y todo lo que una persona podía hacer era entregarse en cuerpo y alma a un fervor interno sin precedentes. De enamoramiento repentino como mala costumbre, los flechazos que consumían mi tiempo se dedicaban en hacerme sentir demasiado cuando yo en realidad necesitaba que encontrasen el rincón donde se alojaba mi alma. Me atormentaba a mí mismo imaginando a mi media naranja y los consejos que me transmitían se reducían a… “tan sólo has de tener suerte”. No podían estar más en lo cierto ya que esa chispa la produce el aleteo de una famosa mariposa. La misma que revoloteaba por encima de nuestras cabezas cuando coincidimos en aquel parque. Tras encarnizadas batallas las desventuras llegaron a su fin y apareció la persona que resolvería el puzle de mi interior. Y es que tocar su piel se convertía en un río de sensaciones cuya desembocadura sería el mar de la pasión.

Recuerdo como esta sirena de cabello se entregaba a bailar, su mayor afición. En nuestro planeta todo el mundo ha podido presenciar espectáculos admirables, pero en mi vida jamás encontré algo tan majestuoso y armonioso como la unión de sus movimientos con las notas musicales. El ritmo vivía en mi mente y la conexión que debía existir con mi cuerpo era prácticamente inexistente. Mientras mis amigos Paul, Neil, Julian, Todd y Noah se divertían con mi exhibición al intentar enlazar los pasos, ella se dedicaba a transmitirme confianza con sus susurros: “no les hagas caso, lo estás haciendo bien”.

Tan sólo deseo que cuando reciba la noticia piense que estoy danzando, tal y como ella me enseñó, entre cometas en una noche que no verá amanecer. Y no estaré solo, cariño, ya que estoy completamente seguro de que la misión a la cual estábamos destinados será un éxito: haremos contacto con vida inteligente extraterrestre.

Mientras me entretenía en unir los fragmentos del tiempo de una vida amable y generosa, las reservas de oxígeno de mi traje espacial estaban llegando a su fin. Transcurrieron 74 minutos desde que comencé mi odisea personal por el Universo, cerré los ojos y me entregué a la paz.

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