Que la música nos acompañe

Hemos vuelto a tiempos oscuros. Por ellos y por su codicia, y a pesar de nosotros. Van comiéndose el sistema, vorazmente, rodeándolo con alambre para que no puedan entrar en él los que no tienen suficiente para comprar unas tenazas.

Piensan “que se jodan” de aquellos que no tienen para comer, dicen que los ladrones somos nosotros y justifican los robos de millones de euros de nuestros bancos. Extienden sus tentáculos ideológicos para suprimir el espíritu crítico y el pensamiento diferente. Matan la creatividad y el libre pensamiento asfixiando la ciencia y cultura. Ahogan con sus impuestos al arte que no es su arte, y así vacían las salas de conciertos y de exposiciones para tratar de llenar plazas de toros. Nos persiguen si nos quejamos porque no tendremos futuro, pero ni se inmutan si los suyos ensalzan las figuras de dictadores y asesinos. Cada día arañan de nuestras manos una miga de nuestra vida para dársela de comer a sus buitres.

Y, mientras tanto, la música sigue embelesada consigo misma. Ella, hace tiempo combativa, ha caído sedada a los pies de su propio ombligo. Ha sacrificado cualquier mensaje crítico por el hedonismo absoluto, por la belleza en la forma sobre un fondo muerto. Hemos tenido mucho “She’s up all night to get lucky”, muchísimo “You don’t have my number, we don’t need each other now”, demasiado “Baby, baby, baby, baby, right on time” para tan poco “The time, it has come to destroy your supremacy”. La música se ha convertido en droga y en cómplice, envía un mensaje conformista que no se rebela ante la pasividad general y se une a la cruzada de adormecernos, de evitarnos pensar sobre lo injusto que se está volviendo el mundo. Insisto, hay demasiado poco “Vótenme, porque mi rumba está buena” para tanto “Hoy no quiero dramas en mi vida, sólo comedias entretenidas…”.

No puedo, de todas formas, culpar a la música por ser muchas veces superficial, pues todos necesitamos de vez en cuando descansar. Necesitamos volver a escuchar una dulce historia de amor para seguir teniendo fe en el mundo, necesitamos una melodía cañera para darnos fuerzas para volver a levantarnos si caemos, necesitamos una armonía desenfadada para volver a reír. Es importante que la música siga estando allí para acogernos en nuestros momentos bajos, para darnos refugio en los días duros, para emocionarnos y recordarnos que seguimos siendo afortunados de estar vivos, a pesar de todo, a pesar de ellos. Pero, ¿no sería compatible una música intensa, divertida y estremecedora con un mensaje contundente, con un pensamiento inconformista? ¿No sería posible que la música fuese esa vía de escape que nos permite darlo todo en una noche de fiesta, pero como un descanso para levantarse al día siguiente con más espíritu combativo que nunca?

Aun así, no soy optimista con el futuro. No creo en las mayorías silenciosas y dóciles que nos quieren vender. No creo en eso de “que cada palo aguante su vela” ni en ese cierre en banda hacia el individualismo, porque así nos quieren: callados, solos e indefensos. Seguiré defendiendo las posturas críticas por encima de todo, aunque seguiré observando las caras de “no me importa demasiado mientras a mí no me toque, no me aburras con tus perroflautadas” cada vez que me queje. A pesar de que hay gente que ha cambiado y que ha decidido dar un paso adelante, ni aún yo lo he dado de forma decidida y muchas veces siento miedo y me siento abrumado por el mundo que parece que se nos viene encima. Sólo espero, en ese futuro hipotético, que la música finalmente nos acompañe y que me contradiga, que lo que esté por venir se parezca a aquello que Tracy Chapman cantaba hace años. Que realmente hablemos de una revolución y que nos hayamos levantado, algún día, para recuperar lo que es nuestro.

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