Destructores de la ilusión

Muchas veces me pregunto cómo puede haber tanto gilipollas suelto en este mundo. De acuerdo que el mundo es muy grande y que hay hueco para mucha gente indeseable. También hay acantilados y podrían vivir allí, incomunicados. Que no exista la más mínima posibilidad de que le toquen los cojones (o las tetas, como prefiráis) a uno. Entre esa extensa ramificación de indeseables, como la de los géneros musicales, existe un grupo experto en joderte durante un par de horas de tu vida, para luego desaparecer y no volver a verlos nunca más. A ti te joden y ellos se van por donde han venido, esperando a sus siguientes víctimas.

Este escalofriante grupo son los Destructores de la Ilusión. Aparecen cuando estás viendo una pélicula en el cine, después de pagar tus 8 euros de entrada. Inocentes, quizá excesivamente ingenuos. Compramos nuestra entrada en taquilla, pides la última fila diciéndote para ti mismo: “me cojo la última fila y así ningún gilipollas podrá pegarme patadas en el asiento”. ¡Iluso! ¡Desgraciada alma cándida que va directa hacia una experiencia de lo más incómoda en la oscuridad! ¡Infortunio! Desdichada humanidad devorada por la desgarradora y aplastante fuerza de la propia gilipollez humana.

Llegas a tu asiento y comienzan los trailers típicos antes de las películas y al momento llega una pareja que hace cumplir todos los malos presagios. Empiezan a hablar en alto, y dices: “bueno, son los trailers, seguro que durante la película se callan. No pasa nada, calma”. Comienza la película y siguen hablando. Incluso con el sonido a tope y su dolby digital surround 69.3 tridimensional. No paran de hablar y no lo harán durante toda la película. No te autoengañes. Quizá hagan descansos y lleguen breves momentos de silencio, pero lo que más les gusta es que haya un momento sin diálogo para hablar de cualquier gilipollez que no les importa ni a ellos. ¿No podéis hablarlo fuera del cine? ¿Es tan importante  lo que quieres decir que pagas 8 jodidos euros para espetar gilipolleces? ¿En serio? ¿Habláis en los funerales también? ¿Te has bajado ya la nueva versión de la puta mierda del iTunes? ¿Para qué venís al cine si queríais hablar? ¿Por qué no os habéis ido a tomar un café? ¿Tienes que destruir mi ilusión de disfrutar en una sala de cine? Siento deciros que me importa una mierda.

La patadas en los asientos se pueden evitar, pero que la gente hable no. Pero eso no es lo peor. Lo peor llega cuando sacan una bolsa de 5 kilos de palomitas extracrujientes (joder, todos comemos palomitas, pero no es necesario regodearse). Con una calidad de sonido superior al de la sala de cine. ¿Y qué puede haber peor que alguien coma palomitas en el cine y haga ruido constante al introducirlas en su boca? Fácil y sencillo: un gilipollas que come palomitas. Comen y hablan, hablan y comen. Esas palomitas tienen que venir del futuro más aterrador, porque crujen como si estuvieran masticando huesos humanos. Delirios cósmicos en la oscuridad invaden tu alma para aplastarla y arrebatar tu hermosa y disfrutable paz recientemente alcanzada.

Por eso no intentes huir, no hay medias tintas. Siempre es bonito ir al cine, sobre todo en una fría noche de invierno. Podrás ver la película en grande. Pantalla grande, asientos cómodos y grandes y gilipollas e indeseables gigantescamente grandes que jamás volverás a ver. Jamás conocerás su identidad. Pero si te toparás con esos entes malignos, una y otra y otra maldita vez.

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