Del Rey León a La Habitación Roja

Lo primero que me vino a la cabeza cuando me planteé escribir algo sobre música fue definir qué es para mí eso de “la música”. Pensemos…

Tiene que estremecerme. Cada acorde que componga la melodía que está viajando en forma de ondas sonora hasta mis oídos ha de acariciar mis sentidos y terminaciones nerviosas. No siempre es el mismo escalofrío. A veces es una sensación cálida, otras es áspera.

Hay canciones que me paralizan en la cama, que requieren una escucha pausada, que detienen el mundo dentro de las cuatro paredes que me rodean, mientras el resto del planeta continúa a su intensa velocidad (esto me ocurre, por ejemplo, con el “Canon” de Pachelbel). Algunas son dignas de ser deleitadas con calma, recreándose en la armonía letra-ritmo, profundizando y sintiendo cada palabra como si contasen tu propia historia. Otras, orquestadas con más percusión agitan todo mi cuerpo, desde los pies hasta la última raíz del pelo, pasando por las caderas. Las hay que son para bailar sensualmente en compañía.

Y en medio de tanta sensación y sonoridad, existen diferentes ritmos, variados estilos, cada uno con su, digamos, público. La mayoría de las veces ser “consumidor” de uno u otro implica pertenecer a un grupo, entrar en el saco de X etiqueta (heavy, rapero, moderno…). Incluso puede (y suele) ir acompañado de una determinada vestimenta. Implica la pertenencia al grupo, la aceptación de esas normas de estilo, de comportamiento… Seguir indagando en esto supondría entrar por derroteros socio-psicológicos. Volvamos al camino musical.

Hablábamos del ritmo. Lento. Más rápido. Binario, terciario, a cuatro tiempos. Con instrumentos de cuerda, viento, percusión, una o más voces… Las posibilidades que se plantean son casi infinitas. ¿Por qué conformarse entonces con uno o dos géneros musicales a lo sumo?

Una amiga, muy indie ella (ay, ¡otra vez las etiquetas!) me decía una vez que no sabía qué hacer conmigo. ¿El motivo? La pobre descubrió que soy capaz de estar escuchando la banda sonora de, pongamos, “El rey león”, y pasar inmediatamente después a lo último de, por ejemplo, La habitación roja. Variopinto, raro, hortera… Yo misma denomino mi gusto musical de mil maneras.

No me gusta poner barreras a la cultura. Gracias a Internet tenemos todos al alcance de un clic acceso a una capacidad infinita (o casi) de selección musical. ¿De qué sirve tener las miras cerradas?

Si puede ser igual de excitante bailar con alguien “Cry to me” (Solomon Burke, de la banda sonora de Dirty Dancing, para los despistados), “Crazy” (Aerosmith) o “Dile al amor” (Aventura), ¿por qué limitar las posibilidades de vivir algo así poniendo topes a la música?

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