En mi casa nunca se escucharon los Beatles

En mi casa nunca se escucharon los Beatles, ni los Rolling, ni tampoco los Who. Tan sólo casetes de La Oreja De Van Gogh y Ella Baila Sola en los viajes en coche por la Mancha. La única educación musical que tuve en mi infancia se fue a los siete años y desde ese momento tuve que ingeniármelas para alcanzar la madurez musical que ahora, con mis escasos 22 años, creo que empiezo a tener. Y es que, al fin y al cabo, la cabra tira al monte.

Criado en un pueblo de tres mil habitantes hasta los doce años, la única lección musical que recibí fueron las clases de flauta del colegio. La infancia es una edad temprana para descubrir música, pero seguro que algunos ya trasteabais con los vinilos de vuestros padres mientras yo escuchaba cada miércoles cómo tocaban la trompeta en los ensayos para Semana Santa la orquesta de mi pueblo.

Los seis años siguientes transcurrieron en una capital de provincia en la que la única escena local que se apreciaba era el heavy-metal, estilo musical que nunca llegué a comprender. Sin embargo, el acercamiento a los garitos y pubs donde se podía escuchar rock español fue inevitable porque llegó el momento en el que salir de fiesta se convirtió en un suplicio por tener que escuchar las últimas mierdas de reggeaton. Pero uno ya empezaba a descubrir grupos por sí solo, seducido primero por el pop, luego por el punk y finalmente por el rock. Pero ese bagaje musical siempre brilló por su ausencia. Las referencias y el pasado de los grupos que me gustaban era totalmente desconocido para mí. ¿Quién diablos era Ian Curtis? ¿Y Kurt Cobain? ¿Por qué se suicidaron? A mí nadie me lo contó.

Menos mal que uno se escapó a los madriles para ir a la universidad y allí se abrió un mundo de posibilidades musicales. Salas de conciertos, tiendas de discos, festivales, giras de grandes grupos y gente con la que poder hablar de música… Todo aquello que siempre había pedido a gritos por fin al alcance de mis oídos. Pero no fue hasta el descubrimiento de los blogs musicales cuando realmente comencé a poder hablar de música. Mi ignorancia acerca de la existencia de revistas musicales como Rockdelux o Mondosonoro terminó hace tan solo un par de años. Porque cualquiera iba al quiosco del barrio donde me crié y preguntaba por algo que no fuese la Superpop o la FHM. Por ello, la casi totalidad de mis descubrimientos musicales fueron en los blogs y revistas digitales como esta. A ellos y la inmediatez de internet debo todo lo que sé. También a los carteles de festivales, los cuales estudiaba de arriba a abajo para finalmente hacer lo imposible por asistir a ellos. Porque esa es otra, aquí no todos nos hemos criado con un FIB o un Summercase al lado de casa. Lo más cercano a un festival alternativo que hubo en mi ciudad no pasó de la primera edición. También las listas con lo mejor del año ayudaron lo suyo a la hora de seleccionar qué escuchar entre tal cantidad de grupos y estilos. Y es que llega un momento en el que te encuentras en tal vorágine de buenos descubrimientos musicales que te preguntas cómo los árboles no te dejaron ver el bosque. Con todo esto os quiero decir que la educación musical y el entorno no son determinantes para acabar escuchando los 40 principales o leyendo Pitchfork.

Luego está la gente que alardea de escuchar Sonic Youth desde que se echó el primer cubata, o de ir a conciertos de Lou Reed con sus padres o de tener un tocadiscos y veinte mil vinilos. Es lo que todos conocemos como postureo. Pues bien, yo no he vivido ni lo uno ni lo otro, pero no me avergüenzo de mi pasado ni me siento inferior por ello. Los Beatles llegaron a mi vida hará tan sólo tres años cuando un colega me regaló el recopilatorio azul. Ahora soy yo el que le regala el rojo a mi madre por Navidad. Tampoco me importa reconocer que he pasado en apenas cuatro años de comprar entradas para Fito a comprar abonos del Primavera Sound. Y no, no me he sumado a ninguna moda, simplemente he tardado en descubrir el mundillo que me gusta y sólo queda agradecer a la gente que me ha ayudado a salir de la inopia musical en la que vivía, gente que existe más allá de Twitter y los blogs, por cierto.

Por todo esto animo a todos aquellos que tengan un “moderno de pueblo” en su interior a que lo saquen de las cuatro paredes de su cuarto. Que no hay de qué avergonzarse, que el postureo que impera en este mundillo no os eche para atrás. Hemos sido huérfanos musicales rodeados de viñas y “mainstream” sí, pero Pedro Almodóvar también salió de un pueblo de la Mancha rodeado de curas y mírenle ahora.

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