Los dioses también mueren

Muchas veces, quizás por la indiferencia hacia todo que nos hace tener una vida llena de presiones, prisas, problemas que no lo son, etc., no nos damos cuenta de lo que realmente significan ciertas cosas. Ciertas personas. Por ejemplo, hace un pequeño puñado de años, aquellos que escuchaban nuevos estilos musicales, como el rock, eran perseguidos y detenidos por la policía. Se prohibía a radios y televisiones reproducir ciertos estilos musicales. Se paraban conciertos para desalojar pabellones… Parece algo lejano pero solo hace falta irnos 50-60 años atrás.

Hoy en día para casi cualquier niño es muy sencillo conseguir una guitarra, una batería, un teclado o un saxofón. Tan solo basta con encapricharse de ello y llorarlo lo suficiente (a veces incluso sin llorarlo). Y la red nos da la oportunidad de escuchar cualquier canción de cualquier estilo musical en cualquier momento. Y existe el autotune que hace cantar ‘bien’ a cualquier ser humano, a cualquiera. Y existen un montón de softwares de composición y edición. En resumen, hoy en día “cualquiera” saca un disco. Pero hubo un día, en aquella época que os comentaba antes, en que la gente hacía música porque si, no para hacerse millonarios, no para no madrugar, no para hincharse a follar. Solo por… amor. Y esas personas, al igual que nos tocará a todos alguna vez, mueren. Y realmente eres consciente de la grandeza de un músico cuando muere y es llorado por cientos de celebridades de cientos de movimientos culturales diferentes. Incluso dentro de su gremio, es llorado por celebridades de todos los estilos. Y llora gente del rock y del pop y del soul, y del r&b y del jazz y hasta regaetoneros.

Y murió Paco de Lucía y le lloró Keith Richards, y murió Lemmy Kilmister y en su entierro lloraron, entre otros, Dave Grohl y Lars Ulrich. Tíos que tienen los huevos cuadrados de llenar estadios de cien mil personas, pero que saben reconocer a un mito. Un referente. Un creador.

Ahora ha muerto David Bowie. Un músico que trasciende a la música. Un señor, UN SEÑOR, que ha inspirado a compositores, cantantes, productores, cineastas, guionistas, diseñadores de moda y seguro que hasta algún chef plagado de estrellas Michelín. Uno de esos pocos que desde el Olimpo de los Dioses de la música (no del rock no, de la música) y desde el barro, fue creando uno a uno a todos los músicos que han compuesto cada una de las canciones que hemos escuchado en nuestra vida. Hay personas que nunca escucharon a Bowie pero saben quién es (era) Bowie. Piensa en esa canción que te gusta, esa que te recuerda a alguien, esa letra con la que te identificas, esa canción que te hace correr más rápido, que te hace cantar en el coche o en la ducha. Esa canción no sería posible sin, por ejemplo, Presley, Berry, Richards, Lennon, Page, De Lucia, Bonham, Townsthed, Jagger, Scott, Morrison, Franklin, King, Young y un aún largo etcétera. Por eso, cada día debemos darles gracias a todos ellos, gracias de verdad, gracias de corazón porque, si de verdad existen el cielo o el infierno, cada vez que uno de estos nos deja, Dios o Lucifer se levantan de su trono para cedérselo cuando llegan.

Gracias Bowie, ahora ya sí eres Stardust.

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