Por qué las revistas musicales aún pueden salvar vidas

Creo firmemente que las únicas funciones que tienen los hermanos mayores son burlarse de ti y construir tu gusto musical a fuerza de obligarte a escuchar su increíble colección de discos cuando tú todavía eres un niño. Creo que, si no tienes hermanos, esa tarea debe ser asumida por la prensa musical.

Yo no tengo hermanos, así que tuve que apañármelas sola. Sí, hubo un par de recomendaciones de segunda mano que a día de hoy agradezco mucho (Rush, Black Sabbath, Television) pero llegar a tener una opinión musical fue un camino loco y raro en el que tuvieron mucha importancia las recomendaciones de revistas musicales.

Imagínate. Una treceañera pelirroja con trenzas en el pelo y el uniforme del colegio puesto, comprando la primera Rolling Stone que iba a leer en su vida, y también una de sus primeras cajetillas de Lucky Strike. En la portada de la revista aparecía Nirvana trajeados, y en la portada de la cajetilla de tabaco algo sobre que fumar no era bueno. Recuerdo haber fumado y leído el reportaje sobre Nirvana, que era extensísimo y en el que decía algunas cosas Toby Vail. En mi cabeza, esa Rolling Stone aglutina otros artículos brillantes de ediciones posteriores, como uno sobre Hunter S. Thompson, o una biografía recortada, fragmentaria y brillante sobre Bukowski, o cosas sobre Kurt Vonnegut. No sé si me estoy explicando bien, pero yo antes de comprar y leer esa revista no conocía de nada a ninguno de esos tres caballeros, y después sí. En las paginas del final había una anécdota sobre alguien de los Stones, o alguien de los Beatles y mucha cantidad de droga, y una foto antigua en la que salía de refilón una groupie sesentera preciosa. También, alguien recomendaba con mucho entusiasmo un disco, y por eso me compré “Broken English” (1979) y descubrí a Marianne Faithful. Por ejemplo.

Con trece, con catorce años, no estás rodeada de gente que tenga muchas cosas que decir, así que, cualquier revista que contenga entrevistas con Bowie o Patti Smith, o fotos de Courtney Love vestida de bailarina merece ser comprada. Con esa edad, lo que también tienes son principios, por eso, cuando Rolling Stone empezó a incluir artículos sobre champú, cremas para la cara y reportajes en los que en lugar de entrevistar a los Kings of Leon les hacían fotitos y los vestían con ropa de marca, dejé de comprarla.

Entré en una epoca muy loca de zorreo con las revistas. Kerrang y Metal Hammer solían traer (creo que todavía traen) una corrección estilística nula y unas entrevistas bastante cutres, pero todo eso daba igual porque las fotos eran de gente como John McMurtrie. Mondosonoro siempre fue una maravilla a pesar de sus errores, porque era gratis y el papel es como el de los periódicos y siempre terminaban hablando de un concierto en el que yo había estado, y eso era un pie fantástico para tener discusiones interminables. En Rockdelux estaba Pablo Gil, y sus entrevistas always shining, tan fluidas, tan incisivas, tan ejemplo de todo. En general, las recomendaciones de discos que me llamaban la atención solían contener algo que hacía que fuese fácil desentrañar el entusiasmo de quién estaba redactando, y por eso me dejé guiar por muchas de ellas y terminé jugando con gente como Nick Drake, Pixies o Lavender Diamond.
marrifaithfull

Después encontré esa librería pequeñita en la que tenían todos los meses la NME. Aprendí a leer en inglés y un montón de nombres que no conocía de nada. Entended una cosa: estoy hablando de mi adolescencia, en la que internet nunca estuvo presente porque yo vivía en una casa rodeada de campo y campo. Llegó, después, el momento inevitable en el que me aburrí del campo y me fui a vivir a Londres y The Fly, y The Stool Pigeon, irónicas y divertidas y cuidadosas, además de geniales eran gratis. Y molaban, sencilla y directamente son revistas geniales.

Sin embargo, creo que lo más importante de esa cantidad atroz de revistas de música que machaqué fue que me dieron ganas de escribir en una. De escribir yo. De hablar yo. De que a lo mejor podía. Y de que se me entendiese. Porque entre todas esas cosas maravillosas también había una cantidad enorme de reseña de discos incomprensibles, que hablaban de progresiones de acordes y tono y cortes y producción, que seguro que son conceptos muy útiles para algún porcentaje de la población, pero que no había puñetera manera de que yo entendiese, porque hablaban de la técnica y no de lo que pasaba en tu cabeza cuando escuchabas tal o cual disco. Eso, las ganas de entender, el razonamiento de que existía otra forma de hablar de música fueron lo que, ahora que he salido de la adolescencia, más o menos, hacen que escriba todas estas tonterías. Lo siento. Culpad de este artículo a Jann Wenner, no a mí.

Pero por eso las revistas son importantes. Especialmente ahora, que todos vivimos en papel digital. Dan ganas de escuchar música, de comprar el ruído de otros, de hacer cosas, o te las quitan de cuajo. Pienso mucho en la gente que tiene ahora mismo quince, catorce años, y discos, e internet, y me siento bastante cerca de ellos. Pueden leer todas las revistas y pueden mandar a la mierda a las que no les hablen a ellos. Porque escribir sobre música es tratar de comunicar sonido, y eso no es ninguna estupidez. Por eso las revista de música siguen siendo muy, muy importantes.

Por Laura Bauhaus

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