The Never-Indie Story

El indie patrio, como público, no entiende el concepto de festival. Con envidia miro hacia Europa y veo cómo grandes bandas internacionales copan los carteles en su zona alta y media. Pero ¡oh dolor!, ¿cómo es posible que grupos capaces de amontonar a veinte mil zombies delante de un escenario como Lori Meyers o Supersubmarina no aparecen en esos carteles europeos, si tan buenos son?

Durante todo el año tenemos la posibilidad de admirar a bandas nacionales en salas de mayor o menor capacidad, pero a fin de cuentas en conciertos de ellos solos. ¿Por qué ese menosprecio hacia los grupos de fuera? ¿Miedo a perder la identidad del indie patrio? Son tantas preguntas… y nunca una respuesta clara.

Es sorprendente como el SOS 4.8 en concreto se ha convertido en un festival florero. Dejad que me explique, porque creo que tengo algo de razón. Desde ya se pueden adquirir entradas para la edición del año que viene, cuando no han tenido tiempo ni de leer las críticas del público, que a fin de cuentas son (o somos) los que podríamos detectar las mejoras a realizar en el mismo. ¿Cuántos años se les lleva pidiendo que mejoren el sonido en el escenario “grande”? ¿Y los precios? De nada sirve ahorrarse cinco euros en la entrada si luego te cobran el litro de cerveza a precio de oro. Pero eso sí, mucho selfie, mucho moderno y mucho, pero mucho botellón en el parque del Eroski. Qué paradójico, si allí no hay un escenario, aunque vista la afluencia de público tal vez deberían pensar en ampliar recinto hasta dicho parking, seguro que más de uno lo agradece. Ya veo el nombre para el año que viene: Eroski Flower Stage y de regalo, diademitas de flores para el pelo y bolsas biodegradables.

El hecho de acudir al SOS se ha convertido en una moda, porque el cartel es cada año más deficitario en cuanto a grupos, favoreciendo el tema “zapatilleo” a partir de la madrugada, hora en la que algunos ya echamos el cierre. Y no quiero decir con esto que no pueda haber electrónica, pero con un escenario donde hay dj’s continuamente, tal vez no estaría de más aguantar grupos que toquen en lugar de grupos que pinchen hasta la hora de echar el cierre festivalero. Ya, ya se, si esto fuera así sería más difícil atraer al público del parking, pobrecitos míos.

Así pues, en resumen, ojalá mirásemos un poco más hacia afuera a la hora de festivalear y programemos cinco minutos más a Temples, que estaban disfrutando casi tanto como el público y nos olvidemos de meter a “los de siempre” porque son los que venden entradas. Aburre y amuerma ver el mismo concierto festival tras festival. Y oye, que hay cosas interesantes, pero da miedo ponerlas para el público del escenario grande, no sea que se vean huecos y no quede bonito para la foto, esa que los organizadores ponen al lado del florero.

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